CASTIGO

ARTICLE DE PABLO SASTRE FOREST

publicat al setmanari basc ARGIA, (6-4-21)

RECULL D’ALTRES ARTICLES DE PABLO SOBRE LA DISTOPIA COVIDIANA

Escribo esto en días de vacaciones primaverales. Vaya por delante nuestro agradecimiento a las autoridades que nos han dado permiso para salir de la casa, del pueblo, de la provincia en que vivimos. Estamos advertidos: así serán más o menos las vacaciones de ahora en adelante.

La primera vez que oí que el mundo se estaba convirtiendo en un campo de concentración, me pareció una comparación exagerada. Ahora, no. Este campo en que vivimos se está construyendo dentro de la misma lógica de control en que se construyeron los terribles campos del siglo xx. Evidentemente los diseñadores han avanzado bastante, no solo en lo que respecta a las dimensiones del campo (y no obstante, en lo desaparecibo que pasa a nuestros ojos), sino también, y sobre todo, en las tecnologías utilizadas en el hecho. Han impreso una vuelta de tuerca a lo terrible.

Mirando a los barcos que estos días recorren las costas italianas, portadoras de inmigrantes sospechosos de contagio, me vienen a la mente las naves de locos que en la Edad Media dicen que cruzaban ciertos ríos europeos… Escribo esto en días en que estamos dando el paso de la enfermedad a la locura [eritik erora].

Nos han entreabierto las puertas por unos días… mientras preparan nuevos brotes, nuevas normas arbitrarias, nuevas medidas restrictivas. Mucha gente todavía cree que esta pesadilla un buen día acabará. Yo no pienso así. Este que nos han impuesto es un castigo de por vida: a vivir por olas, por fases, tristes y asustados.

La máquina ha tomado para sí la misión de triturar todo lo vivo, de apropiarse lo que le es útil y de deshacerse de lo inútil. Podríamos hablar de esa máquina; podríamos hablar de la vida, o de la muerte… sólo nos hablan de cifras de positivos y de lo irresponsables que somos.

Los responsables del experimento pueden darse por satisfechos. En sus manos, con más o menos entusiasmo, va abandonando sus cuerpos y sus mentes la mayor parte de la gente. Los poderosos, se entiende: ya que, piensan, la jugada será favorable para ellos. Los débiles, en cambio…

La primera vez que oí que los dueños del laboratorio, sean quienes sean, digamos las élites, tienen en mente el exterminio de miles de millones de personas, me pareció inverosímil. Cuesta imaginarse tamaña crueldad. Si no lo estuviéramos viendo con nuestros propios ojos…

Llegamos a la primavera del año pasado muy debilitados en potencia mental, potencia relacional, potencia de acción. Desde entonces ha quedado en evidencia que tenemos muy pocas defensas. Tienen, pues, vía libre la enfermedad y la maldad.

Alarmados, seguimos oyendo voces de médicos, voces de políticos, voces de periodistas que claman por más vacunas, más control. Seguimos viendo con el corazón en un puño cómo los maestros imponen la mascarilla a sus alumnos. ¿Piensa actuar, cada cual de ellos, por el bien de aquellos que le han sido asignados? También puede pensarse que no quieren perder su asiento en ese tren que se va, el tren de los supervivientes; o que quieren comprarse un billete para él. Parece que no llegan sino muy apagados a esos asientos los gemidos de las víctimas, aunque a menudo estas víctimas sean personas próximas o queridas para ellos.

No sé si alguien debería pedir cuentas a todos esos profesionales, ya que también ellos son víctimas. Y, con todo, cada vez que veo a un niño enmascarado, una opinión acallada, un amigo en el camino del centro de vacunas, no puedo evitar que los ojos se me vayan hacia ellos.

Éste es, en opinión de algunos, dicho en dos palabras, el plan de salud que se está dibujando para el futuro en nuestras sociedades: mejorar a los frutos buenos (la nata), y dejar morir, o ir matando, a los frutos malos (la basura).

Siente el pobre, entre humo y excrementos, que, en ello le va la vida, más le vale no entrar mucho en esa máquina. Sigue, mientras tanto, sin embargo, atrapado por máquinas pequeñas como el smartphone, que, si bien le ayudan a aumentar ciertos poderes, le debilitan, en cambio, en potencia. Pues, son precisamente esas pequeñas máquinas las que, en gran medida, y a ojos vista, le hacen perder capacidad de acción, de relación, y le dispersan la mente: la fuerza mental, memoria, el pensamiento.

Al pobre, es decir, a la mayoría de nosotros, no nos quedaría sino tratar de hacer las cosas en común [artean: entre amigos, lagunartean, entre queridos, maiteartean, en sociedad, jendartean], y hacer las cosas con arte [en euskera: “hábil y bellamente”]: el arte.

A la espera de aquel algo no tiene nombre todavía…

(POST SCRIPTUM NO PUBLICAT, SORTIT DE LES ENTRANYES)

Aceptamos que los positivos (dados así en unos tests, por lo visto, bastante irregulares) son casos; que los casos (esto es lo más raro) son contagiados; que los contagiados son enfermos; y que los enfermos (y, por tanto, los contagiados, véase los positivos) son (ante todo: antes que vecinos, antes que seres queridos, antes que personas; son, pues) peligrosos.

Nos instalan en la creencia de que peligroso es todo aquel del que no sabemos, mientras no sepamos: mientras un pasaporte o una máquina no nos diga que es negativo (a menos que, el que ayer no dio positivo, tal vez hoy no diera negativo), que no está contagiado (a menos que sí lo esté), que sí fue vacunado (a menos que: a ver, oiga, le falta una dosis).

Nos quieren meter en la cabeza que peligrosa es cualquier proximidad, por no hablar de contacto con cualquiera que no sepamos; que finalmente es cualquiera de cualquiera, ya que nunca sabemos

Y ahorita a mí me sale: HIJOS DE LA GRANDÍSIMA.

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